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Mamaía, mientras respiró, fue la luz de mi vida. De carácter firme y convicciones intensas, heredé de ella el deseo de perseguir mi historia, encontrar mi identidad y evaluar en cada paso de mi vida si me encuentro del lado del bien o del mal. A ella le debo mi nombre: Mari-el, María y Miguel, dos nombres que enlazó con dulzura inmensa para unir para siempre nuestros corazones. Ella me dio, sin proponérselo, uno de los regalos más grandes de mi vida: el puente para encontrar a Mariel. No a mí. A la otra Mariel: Mariel María León Lebrón, Mariel León Senior para mí.
No voy a usar este espacio para compartir su biografía. Sus méritos profesionales son muchos y ella diría que no tienen importancia alguna. Quizás sea así. De hecho, si tuviera idea de que estoy escribiendo sobre ella, esta breve nota difícilmente llegaría a existir. Sin embargo, quien lleva años estudiando cultura ética termina desconfiando de los adjetivos y fiándose de las conductas. Y sobre valores, ética e impacto, el ejemplo de vida de Mariel León Seniortiene todo que decir.
David Gebler sostiene que toda cultura sana descansa sobre tres valores catalizadores y su tesis es contraintuitiva: el problema rara vez es que la gente carezca de los valores correctos; con frecuencia, es el entorno el que le pone obstáculos para ejercerlos. Prefiero leerlos, por eso, como conductas que se observan y no como cualidades que se proclaman. Mi amor, respeto y admiración por Mariel León Senior motivan esta nota, pero no la definen. Es, simplemente, que ella encarna todo lo que quiero decir.
Integridad, que no es sinónimo de honestidad, sino de integración: hacer coincidir lo que se dice con lo que se hace. Compromiso, que se mide cuando quedarse cuesta más que irse. Transparencia, que consiste en insistir en que la verdad se oiga precisamente cuando incomoda.
En Mariel León Senior, los tres se reconocen sobradamente, sin necesidad de que nadie los proclame. De su integridad habla su ilustre carrera como abogada y notaria, pero, sobre todo, su vida como madre, esposa, hermana, hija, amiga, mentora y protagonista de mil sueños en defensa de los más vulnerables. Su compromiso está tejido por una multitud de historias de mujeres abandonadas por el sistema, de niños cosificados en vanas luchas familiares y de intereses nobles, no lucrativos, a los que siempre ha servido. Y su transparencia, acompañada de su característica valentía, generosidad y deseo de hacer el bien, la ha colocado recientemente sobre la palestra. Cada cana la lleva con dignidad y, juntas, cuentan una vida que nunca ha temido ponerse en juego para defender la verdad; una vida a la que ha sabido dar cuerpo y forma incluso cuando decir la verdad lastima y le cobra un alto precio.
La vida de Mariel, la otra, representa la cara menos cómoda de la Ética: la que no se limita a proclamar valores, sino que acepta el costo de actuar conforme a ellos. No es la virtud bonita que perseguimos de manera utópica desde la caída en el Edén. Es la disposición a pagar el precio cuando la integridad, el compromiso y la transparencia dejan de ser conceptos y se convierten en decisiones. Aunque cueste, Mariel es fiel.
Sé que nuestro nombre resuena hoy por procesos judiciales y disciplinarios controvertidos, cuyas decisiones han sido objeto de recursos y cuestionamientos. No me corresponde resolverlos desde estas páginas ni sustituir con afecto el trabajo de los tribunales. Tampoco es lo que vine a contar. No estoy resolviendo su expediente; estoy dando testimonio sobre la mujer que conozco.
Solo diré que la profesión del derecho se rige por amplios estándares éticos y que, durante los años en que he tenido el privilegio de conocerla, he visto a Mariel asumirlos con seriedad y entereza, como todo lo que hace.
Los Principios Básicos sobre la Función de los Abogados, adoptados por las Naciones Unidas en La Habana en el 1990, establecen que los abogados no serán identificados con sus clientes ni con las causas de sus clientes como consecuencia del desempeño de sus funciones. Ese principio no coloca al abogado por encima de la ley ni lo libera de sus obligaciones éticas. Protege algo distinto: que no sea condenado socialmente por la identidad, la reputación o la impopularidad de la persona a quien representa. No es cortesía gremial. Es una condición para que existan abogados como Mariel, dispuestos a asumir los casos que pocos quieren y a mantenerse aun cuando la representación de una causa impopular los exponga al juicio público, a titulares adversos y a cuestionamientos personales.
Y no es que ella sea indiferente a su reputación, sino porque entiende que la defensa técnica y el acceso a la justicia están por encima de la conveniencia personal. Y estoy segura de que, colocada nuevamente ante la misma decisión moral, volvería a elegir el deber.
El cumplimiento se implanta y la ética se cultiva. Lo he escrito varias veces y lo sigo creyendo, pero una cosa es decirlo desde la teoría y otra reconocerlo en una persona de carne y hueso. Mamaía me enseñó a preguntarme en cada paso de qué lado estoy. Encontrar a Mariel León Lebrón fue encontrar a alguien que se hizo esa pregunta durante cuatro décadas antes de que yo misma pudiera formulármela y que respondió con sus acciones. Lo hace hasta hoy y lo hará mientras viva, porque esa es ella.
Sé que compartimos un nombre por casualidad. Yo prefiero pensar que, de alguna manera, Mamaía sabía lo que hacía cuando me vinculaba, como parte de su herencia, a un ser humano extraordinario que me ha puesto la vara tan alta y de quien solo tengo agradecimiento, orgullo y el compromiso permanente de no manchar su nombre ni su ejemplo. Porque cuando brindo por el avance de la Ética, brindo por Mariel y estas notas las escribo a su salud.
